El sector empresario se mostró satisfecho

Argentina – 27/08/2011 – La Nación – Pág. 12 – Tiempo de Lectura: 2′ 17»
 
Ni siquiera una llamada personal de Hugo Moyano convenció a José Ignacio de Mendiguren, presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), que esperaba noticias de la negociación en el bar Selquet, en La Pampa y Figueroa Alcorta, de presentarse en el Ministerio de Trabajo a negociar. El textil intentaba mostrar dureza. Por la noche, una vez cerrado el acuerdo, mientras pedía las llaves de su automóvil en el estacionamiento, dijo a La Nación: «Yo hubiera parado en 24 por ciento, pero está bien».
Cuando la presidenta Cristina Kirchner llegó a la cartera laboral, ambas partes exhibían cierta euforia. Empresarios y sindicalistas habían partido de pretensiones deliberadamente distantes. Las cámaras, desde un 18% del alza en el salario mínimo que fue subiendo en el transcurso de las 12 horas de negociación. Los gremios, desde un 41,3% que quedó todavía más lejos del 25% final. Pero todos sabían en el fondo que no existían razones, y mucho menos tras la aplastante victoria del Gobierno en las elecciones primarias, para exceder demasiado el 24% que el propio gremio de Moyano había cerrado en la última paritaria.

Con una amplia concurrencia que involucró a todas las cámaras y entidades, incluidas las del sector agropecuario, el liderazgo empresarial fue asumido en la cartera laboral por Daniel Funes de Rioja, uno de los vicepresidentes de la UIA. El laboralista pudo exhibir entre sus pares un logro singular: la única condición que, fuera del porcentaje acordado, se sumó al pacto fue la posibilidad de que el Gobierno analice subir, desde el 1° de septiembre, el tope de 4200 pesos para cobrar las asignaciones familiares. Pero esos serán aportes del Estado y no de las empresas.

La jornada había sido larga y con una persistente presión del Gobierno por resolverlo todo en el día. Por la tarde, la viceministra de Trabajo, Noemí Rial, se metió en la reunión con un mensaje terminante que desmiente, en parte, cierta euforia oficial sobre la invulnerabilidad argentina internacional: serán responsables de la actitud que tomen, les dijo a los gremios, en momentos de crisis global.

«¿Dónde está el vasco?», se había impacientado Moyano ante Funes de Rioja, antes de llamar por teléfono al líder fabril. El abogado le contestó que estaban en contacto telefónico permanente, pero que no iría. La estrategia empresarial parecía sustentarse, más bien, en un respaldo del Gobierno al aumento que estaban ofreciendo. No por nada la Presidenta se refirió después a Mendiguren con una familiaridad que no suele mostrar hacia los dueños del capital. «Cuando hablaba con el Vasco…», dijo. El ministro de Economía, Amado Boudou, fue el otro nexo permanente con el textil.

«No es que seamos tan duros, es que teníamos apoyo», admitió a este diario uno de los ejecutivos presentes ayer. Fue decisivo, evaluaron de ese lado, que el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, transmitiera a los gremios la pretensión presidencial de laudar si no había acuerdo. Nadie quiso hacerle pagar a la Presidenta ese costo en el momento en que se siente más poderosa.
Por Francisco Olivera | LA NACION

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